n la provincia de Chiloé, todos los vertederos municipales están a punto de colapsar. Si cierran —y la proyección dice que lo harán en un par de años—, la isla enfrentará una crisis sanitaria. Pero en ese mismo archipiélago, un grupo de artesanas de Puqueldón —una isla pequeña dentro de Chiloé— que hace cinco años no se conocían entre sí hoy reciclan plástico recuperado de las costas, lo combinan con fibras locales como la manila y la madera, y venden sus creaciones bajo una marca propia: Isla Bonita. A pocos kilómetros, propietarios de predios rurales que nunca habían visitado los bosques de sus vecinos ahora integran la Red de Turberas de Chiloé, una alianza para proteger los humedales que almacenan carbono y proveen de agua dulce a toda la provincia. Nada de esto existía antes de que La Ciudad Posible llegara al territorio.
La Ciudad Posible es una fundación —constituida también como cooperativa— dedicada a trabajar con comunidades y territorios para impulsar economías circulares, regenerativas y bajas en carbono. Nació en Argentina; la ingeniera ambiental chilena Mayling Yuen levantó la operación chilena en 2016 y en 2019 formalizaron la fundación, con una tercera oficina en Uruguay. No es una consultora ni una empresa: es una organización de la sociedad civil que se financia con proyectos públicos, fondos concursables y alianzas con empresas privadas comprometidas con un propósito ambiental de largo plazo. Yuen venía de trabajar doce años en Casa de la Paz —una de las fundaciones ambientales más antiguas de Chile, pionera en diálogo entre empresas, comunidades y Estado—. Esa experiencia la marcó: aprendió que los problemas ambientales no se resuelven desde un escritorio, sino articulando actores que normalmente no se hablan.
Ese es precisamente el método de La Ciudad Posible: la cocreación. “Muchas veces las decisiones se toman sin la información necesaria, y el puente entre quienes deciden y quienes padecen el problema está cortado”, explica Yuen. “Nosotros somos esa bisagra”. El equipo —hoy en proceso de crecimiento, con Yuen liderando la gestión comercial y estratégica mientras incorpora nuevos profesionales en administración y operaciones— no llega a un territorio a imponer soluciones: parte por escuchar, valida los problemas con los actores locales y diseña acciones conjuntas que se prueban, se evalúan y solo entonces se escalan. En Chiloé llevan cinco años con ese enfoque. Llegaron a través de una alianza con SC Johnson —la multinacional de productos de limpieza—, que buscaba un programa de responsabilidad social vinculado al retiro de residuos del mar. Ciudad Posible fue a hablar con la Seremi de Medio Ambiente, se conectó con el programa Chiloé Reduce de la municipalidad y desde ahí empezó a tejer la red.
El primer año, en Puqueldón, se encontraron con cinco artesanas que ya recuperaban plástico de las costas por cuenta propia, pero trabajaban aisladas. La Ciudad Posible les entregó máquinas de reciclaje y las conectó entre sí. El segundo año las artesanas ya se habían organizado como colectivo, tenían un modelo de negocio y un nombre —Isla Bonita—, y el programa se había expandido a tres comunas. Desde el tercer año la cobertura creció a toda la provincia, sumando aliados como Badinoti —empresa que gestiona redes de pesca en desuso, uno de los grandes residuos que contaminan las costas del archipiélago—, emprendedores regenerativos apoyados por un Corfo, y la Red de Turberas. Hoy el programa incluye también educación ambiental para niños y niñas en colegios de la provincia —con un juego didáctico diseñado por el equipo— y voluntariados donde los 35 empleados de SC Johnson viajan cada año a trabajar codo a codo con las comunidades. “No es La Ciudad Posible ni SC Johnson: somos todos”, resume Yuen.
En 2020, Yuen tomó una decisión que reconfiguró su vida: migró con su familia de Santiago a Puerto Varas. Ganó cercanía con los territorios donde trabaja, pero perdió la red profesional que la sostenía. “Es distinto vivir en Santiago que en el sur. Uno queda bastante aislado”, reconoce. La Ciudad Posible, además, tenía un desafío pendiente: su trabajo en circularidad y reciclaje estaba consolidado, pero la línea de regeneración —la idea de que ya no basta con no dañar el planeta, sino que hay que restaurar activamente los ecosistemas que hemos degradado— no lograba escalar en Chile.
En ese contexto llegó la invitación al programa de liderazgo para convertirse en fellow Colunga. La pasantía internacional la llevó a Costa Rica, donde conoció experiencias concretas de economía regenerativa y organizaciones que ya estaban aplicando esos principios —un campo que en Chile aún no se desarrollaba—. Pero lo que más la marcó fue el espacio humano: encontrarse con otros líderes de la sociedad civil que compartían las mismas presiones y descubrir que el autocuidado no era un lujo sino una condición para liderar bien. “No hablamos de productividad ni de rentabilidad. Fue: ¿cómo estás hoy? ¿Qué es lo que te mueve?”, cuenta. De esa reflexión nació un eje nuevo en el plan estratégico de La Ciudad Posible: cultura regenerativa, que aplica al equipo interno la misma lógica que predican hacia afuera —cuidado, conexión con el propósito, bienestar como base del trabajo—.
Hoy Yuen cursa un diplomado de agroecología en Chiloé y postula proyectos de regeneración en varias regiones, con la meta de que en dos años La Ciudad Posible tenga en Chile la misma solidez en esa línea que ya tiene en Argentina. La cooperativa trabaja para que sus profesionales puedan convertirse en socios —porque si la organización pide participación a las comunidades, dice Yuen, tiene que empezar por practicarla internamente—. Y el vínculo con la niñez atraviesa todo: desde los juegos educativos en los colegios de Chiloé hasta la convicción de que el trabajo ambiental es, en el fondo, un trabajo por las condiciones de vida de las próximas generaciones. “Si no tenemos un ecosistema que haga viable la vida, no hay bienestar posible”, dice. “Generar niños y niñas más conscientes de su entorno va a permitir que podamos tener un mejor vivir”.


