La forma de nacer sí importa. No le da lo mismo a la mujer que está pariendo y no le da lo mismo a la criatura que está naciendo

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28 de marzo, 2026

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Gonzalo Leiva Rojas
Fundador de Fundación Observatorio de Violencia Obstétrica

Hace 12 años, en 2014, se inauguró la maternidad del Hospital Dra. Eloísa Díaz de La Florida, un recinto público para más de un millón de personas del sur oriente de Santiago. Gonzalo Leiva Rojas, matrón y académico de la Universidad de Santiago, llegó ahí en 2016 con una misión: implementar en la salud pública lo que hasta entonces solo existía en algunas clínicas privadas. Salas con luz tenue, música suave, jacuzzi y balones kinésicos donde cada mujer fuera acompañada por una misma matrona durante todo el trabajo de parto. No se trataba de simples comodidades: son condiciones que la Organización Mundial de la Salud asocia a partos más seguros, menos cesáreas innecesarias y un vínculo más temprano entre madre e hijo, factores que inciden en la salud del recién nacido. En su primer año, la maternidad alcanzó un 74% de partos normales, el mejor índice del país.

Pero Leiva no solo quería mejorar una maternidad. Como académico, formaba matronas que trabajarían en hospitales donde el maltrato durante el parto era tan frecuente que se había vuelto invisible. En 2014, junto a la antropóloga Michelle Sadler, creó el Observatorio de Violencia Obstétrica: la primera organización chilena dedicada a visibilizar un problema que en países como Venezuela, Argentina y España ya tenía nombre y marco legal, pero que aquí nadie había puesto en la agenda. La violencia obstétrica —el maltrato verbal y físico durante el parto, las intervenciones sin consentimiento, las cesáreas sin justificación clínica— afectaba a miles de mujeres y se naturalizaba como parte inevitable de la atención. Leiva eligió nombrar el problema por su lado más incómodo. “Del lado positivo, el parto respetado, veníamos hablando desde la década del ochenta y no hubo ningún cambio”, explica. “Cuando empezamos a hablar de violencia obstétrica, ahí sí se movió el tablero”.

Ese enfoque nació de una convicción temprana. A comienzos de la década de 2010, el manifiesto del movimiento de los indignados —escrito por Stéphane Hessel, el último sobreviviente de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos— lo marcó con una idea que hizo propia: primero indignarse, después actuar. “Decidí que no me dedicaría a la política, pero que desde mi profesión sí podía incidir”, cuenta. Apostó por lo que hoy llama activismo basado en evidencia: producir datos rigurosos para hablar de igual a igual con quienes toman decisiones.

En 2017, el observatorio se formalizó como Fundación OVO Chile y lanzó la primera encuesta nacional sobre el nacimiento, respondida por más de once mil mujeres. Los datos fueron contundentes: en hospitales públicos, un 43% reportó haber sido criticada o acallada por expresar dolor; el contacto piel con piel duraba menos de lo recomendado por la OMS en el 80% de los casos; y la tasa de cesáreas rozaba el 40% en el sistema público y superaba el 50% en el privado, lejos del 10 a 15% que la OMS considera ideal. Esos resultados llegaron al Ministerio de Salud y se convirtieron en base para impulsar cambios.

Pero instalar el tema tuvo costos. Cuando la fundación habló de violencia obstétrica, quienes atendían partos se sintieron atacados. El Colegio de Matronas negó públicamente que el problema existiera —su presidenta llegó a declarar que no era real—, porque sentían que el concepto apuntaba con el dedo a quienes asisten los nacimientos día a día en el sistema público. Los ginecólogos, por su parte, temían que ponerle nombre a estas prácticas abriera la puerta a demandas contra los equipos de salud. “Durante toda nuestra primera década nos miraron desde una trinchera”, recuerda Leiva. “Pero nosotros no queríamos exponer a nadie. Queríamos que las instituciones modificaran sus culturas y sus procesos”.

El giro llegó con el tiempo. En junio de 2024, tras siete años de tramitación impulsada desde la sociedad civil —con OVO Chile como una de las organizaciones que más empujó el debate—, se promulgó la Ley Integral de Violencia contra las Mujeres, que por primera vez reconoce la violencia gineco-obstétrica en la legislación chilena. Y el año pasado, la fundación lanzó un curso con el patrocinio del Colegio Médico y el Colegio de Matronas —las mismas organizaciones que durante años los habían resistido—, diseñado para dejar de mirarse desde trincheras opuestas y trabajar juntos en mejorar la atención. “Si me preguntabas hace diez años, era impensado”, dice Leiva.

En paralelo, Leiva pasó de coordinar las salas de parto integral del Eloísa Díaz a ser subdirector de gestión usuaria del hospital, donde hoy lidera la participación ciudadana y el comité de protección de infancia. “La mitad del día soy Estado y la otra mitad soy sociedad civil”, explica. Esa doble mirada le permite que el Estado escuche y que la sociedad civil construya, en vez de solo denunciar. Fue con esa doble filiación que llegó al programa de liderazgo de Fundación Colunga para convertirse en fellow Colunga. Un resultado concreto vino de la pasantía que forma parte del programa de formación y que él decidió hacer en España: en sus días conociendo en primera persona el trabajo del Servicio de Salud de Cataluña —referente europeo en atención humanizada al parto, con una de las tasas de cesárea más bajas de España— a su regreso en Chile Gonzalo articuló una reunión entre la entidad y el Ministerio de Salud de Chile para compartir estrategias. “Que los órganos del Estado de dos países se sienten a conversar gracias a nuestra gestión me dice que vamos por buen camino”, comenta el matrón.

El foco de fondo es el que estuvo desde el principio: el nacimiento como hito fundacional de la vida. La OMS ha señalado que las cesáreas innecesarias generan riesgos a corto y largo plazo en madres y recién nacidos, y que una experiencia de parto positiva sienta las bases del bienestar infantil. “Mi sueño es que en Chile nos tomemos en serio que la forma de nacer sí importa”, dice Leiva. “Que cada mujer viva su parto con dignidad, que cada familia reciba a sus hijos con respeto, y que entendamos que cuidar el nacimiento es cuidar la primera infancia, y cuidar la primera infancia es construir un mejor país”.

“La mitad del día soy Estado y la otra mitad soy sociedad civil. Entiendo los roles de cada uno, y entiendo que nadie puede resolver esto solo”.