Hoy en Chile hay 120 mil niños de cuarto básico que no leen o no comprenden lo que leen. Son dos estadios nacionales llenos de futuros que no podemos dejar pasar
Valentina Wagenreld
Fundación Crecer con Todos
Dos estadios nacionales. Esa es la imagen que Valentina Wagenreld usa para dimensionar una cifra que debería incomodar a cualquiera: 120 mil niños y niñas de cuarto básico en Chile no leen o no comprenden lo que leen. Detrás de ese número hay futuros comprometidos, trayectorias escolares que se quiebran antes de empezar y un país que pierde potencial en silencio. Revertir esa realidad es lo que moviliza desde hace 16 años a Fundación Crecer con Todos, la organización que Valentina dirige como directora ejecutiva y que hoy acompaña a 22 mil niños en 200 escuelas públicas a lo largo de todo el país. La fundación trabaja con el sistema público porque es ahí donde se concentran las brechas más profundas: niños que llegan al primer día de clases con un rezago lector enorme y contextos donde muchas veces los recursos pedagógicos existentes no logran tener impacto por falta de acompañamiento y una mirada integral.
El corazón de la fundación es Primero Lee, un programa de lectoescritura que trabaja desde NT1 —el primer nivel de transición, equivalente a prekínder, cuando los niños tienen cuatro años— hasta cuarto básico. Valentina lo define en dos palabras: integral y sistémico. Integral porque no basta con entregar materiales —aunque los de Primero Lee son de alto estándar, del mismo nivel que los de cualquier colegio particular pagado—. El programa combina esos recursos con formación docente, acompañamiento en aula, análisis de datos y planes de refuerzo. Y sistémico porque la intervención no se limita al aula: involucra a familias, asistentes, equipos directivos y sostenedores del territorio. Por muy buen material que tengas, si no se capacita y acompaña, su impacto es cero”, explica Valentina. “Por eso trabajamos con todo el ecosistema educativo”.
En 16 años, la fundación ha llegado a más de 75 mil niños y niñas en contextos urbanos y rurales —tiene escuelas incluso en Quillagua, un sector de apenas 150 habitantes en la Región de Antofagasta, a 280 kilómetros de la capital regional, en pleno desierto de Atacama—. Porque, como repite Valentina, “dónde te tocó nacer no puede determinar tu futuro. Un niño que no sabe leer ve afectada su autoestima y su proyecto de vida. Aprender a leer es la base para sentar los cimientos de una trayectoria que le permita ser lo que sueñe”.
Valentina llegó a la dirección ejecutiva de Crecer con Todos con una carrera poco convencional para el mundo educativo: es ingeniera comercial con mención en Economía de la Universidad de Chile. Esa formación le dio herramientas de gestión y una energía orientada a resultados que ella misma describe como intensa. “Soy como un caballito de carrera, voy a mil kilómetros por hora”, dice con humor. Esa intensidad llevó a la fundación a crecer y a posicionar Primero Lee en el terreno. Pero cuando la fundación necesitó amplificar su impacto y escalar a nuevos territorios, Valentina sintió que su propio estilo de liderazgo —ese empuje permanente, ese avanzar sin pausas— tenía un techo. Lo que venía requería algo distinto: detenerse, reflexionar, repensar la estrategia y dar otro tipo de saltos.
En ese momento llegó la invitación de Fundación Colunga para integrarse como fellow a su programa de liderazgo en la Red de Impacto. El proceso le ofreció mentoría individual, reflexión con pares y una pasantía internacional. El coaching le permitió conectar con aspectos personales que condicionaban su forma de liderar, reconocer el síndrome del impostor que la frenaba —ese “¿quién soy yo para proponer esto?”, dice— y encontrar un equilibrio entre el empuje que la caracteriza y las pausas necesarias para pensar con claridad a partir de los aprendizajes que ha tenido en su carrera.
Lo que cambió en Valentina, reflexiona, se nota en lo concreto. La pasantía en Colombia y México le permitió estudiar experiencias de escalamiento educativo y recoger aprendizajes y hallazgos clave, que luego sistematizó en un documento para su equipo y además trabajó en espacios colaborativos de Sumar Saberes, una alianza público-privada que busca apoyar el escalamiento de impacto en iniciativas con potencial, para que pasen de ser programas a formar parte del sistema. A partir de ese viaje, la idea de internacionalizar Primero Lee dejó de ser una posibilidad lejana y comenzó a consolidarse como un próximo paso, y hoy la fundación está explorando cómo llevar su impacto a otros países de la región, donde el desafío de la lectura sigue siendo urgente. Además, en la Red de Liderazgo conoció a Francisca Elgueta, ganadora del Global Teacher Prize Chile 2022 y directora de Escuela Global, una fundación dedicada a fortalecer a docentes con recursos pedagógicos y formación profesional. Juntas están gestando un proyecto que une lectoescritura y trabajo con profesores, una colaboración que sin ese espacio común no habría nacido.
Valentina asegura que este tiempo de formación en liderazgo le permite hoy conducir el proyecto con más seguridad y con la certeza de que la lectura en Chile necesita convertirse en política de Estado. “En cuarto básico ya es tarde”, repite con urgencia. No es una frase al aire: cuando un niño llega a los nueve años sin leer comprensivamente, las posibilidades de revertir esa brecha se reducen drásticamente. En cambio, si el trabajo comienza desde los cuatro años, cuando el cerebro está en plena ventana de desarrollo del lenguaje, los resultados cambian. La fundación lo ha comprobado en 16 años de terreno: las brechas se cierran si se llega a tiempo, con recursos de calidad y acompañamiento real. Pero eso no puede depender del gobierno de turno ni de fundaciones trabajando aisladas. “Cuando cada niño y niña pueda leer, Chile prosperará”, dice Valentina. Para que eso deje de ser aspiración, enfatiza, la sociedad civil tiene que seguir haciendo lo que mejor sabe: demostrar que es posible abrir caminos donde el Estado aún no llega, construyendo junto a los territorios y empujando—con evidencia, con urgencia y con terquedad— para que lo que hoy funciona en 200 escuelas se convierta en la norma para todas.
“Un niño que no sabe leer no puede entender un problema matemático, no puede experimentar una actividad en ciencias, ve afectada su autoestima y su proyecto de vida. Aprender a leer es la base para cortar los círculos de pobreza”.