Carolina Ramirez, directora ejecutiva de Fundación Cultural Chile Violines, detectó un nudo que marcó el rumbo de la fundación: la desigualdad territorial. En las ciudades más pobladas, los teatros están ahí y basta la curiosidad para acercarse. Pero en las comunas rurales de Coquimbo, muchas familias nunca habían visto un concierto en vivo. No porque no quisieran, sino porque sus contextos sociales y económicos no se lo permitían. “No es que las personas no quieran participar, es que no pueden. No han tenido la oportunidad. Cuando llegamos a esos lugares, nos reciben con mucho cariño y vemos un interés genuino por aprender, por conocer la historia de los músicos, por saber qué es Chile Violines”, relata.
Esa constatación empujó a la fundación a ampliar su alcance. Hoy han estado presentes en las 15 comunas de la región, algunas muy alejadas, donde llegar implica un día entero de viaje. Y ahí apareció otro desafío: la baja convocatoria inicial, un argumento que suele frenar la inversión en cultura en territorios aislados.
Carolina recuerda bien el momento en que decidió que la fundación no podía operar desde el escritorio. Había que ir, aunque fuera incierto. “Nosotros dijimos: vamos, aunque sea un día entero de viaje, aunque lleguemos muy de noche, aunque al primer concierto lleguen cinco personas. Para nosotros eso no es un gasto, es una inversión. A esas cinco personas les entregamos algo que nunca antes habían visto en su vida, y eso tiene un gran valor”.
Esa decisión, reconoce, implicó romper prejuicios internos y externos sobre la rentabilidad de llevar cultura a lugares remotos. También significó asumir que el impacto no se mide solo en números de asistentes, sino en puertas que se abren por primera vez.
El arte como herramienta para la niñez
Aunque Chile Violines trabaja con audiencias de todas las edades, Carolina es enfática en que el mayor potencial transformador del arte está en la infancia. Para ella, integrar las artes en la educación —no como taller extraprogramático ni como hobby, sino como parte relevante del desarrollo— sería un cambio estructural para el bienestar de niñas y niños en Chile. “Desde el jardín infantil, el arte debería estar de manera transversal. Un niño que aprende a regular sus emociones a través de la música, que desarrolla pensamiento crítico, que puede argumentar por qué algo le gusta o no, tiene herramientas para la vida. Y en contextos donde el hogar no siempre es un espacio seguro, el arte puede ser ese espacio de libertad y cuidado”, afirma.
Carolina habla desde su propia experiencia: la música le enseñó a comprender su entorno, a trabajar colaborativamente, a encontrar salidas cuando el camino parecía cerrarse. Eso, dice, no es un privilegio de quienes nacen en ciudades con teatros. Es una necesidad que debería estar garantizada.
Con el proyecto en marcha y el impacto haciéndose visible en la región, Carolina comenzó a sentir que necesitaba herramientas nuevas para escalar el trabajo sin perder su esencia. Fue entonces cuando llegó la invitación a integrar la tercera generación de la Red de Impacto de Fundación Colunga. “Para mí ha sido un regalo de la vida. El programa me regaló un espacio para salir de la burbuja, mirar lo que estábamos haciendo desde más lejos y darme cuenta de las herramientas que tengo y de cómo usarlas para generar cambios reales”, reflexiona.
La participación, la apreciación y el goce por el arte en todas sus expresiones deben ser un derecho para todos y todas. Esa es nuestra base
Como parte del programa de formación y fortalecimiento de los liderazgos de la sociedad civil, Carolina viajó a España en una pasantía de dos semanas donde conoció a otros líderes y organizaciones que trabajan causas similares desde distintos rincones del mundo. La experiencia, dice, le confirmó algo que intuía: que quienes trabajan por el bienestar social, sin importar el área —cultura, educación, medio ambiente—, terminan siempre cruzándose. Y que el trabajo colaborativo es la única forma de generar cambios sostenibles. “Es bonito tener esa apertura y poder inspirarse con otros. A veces uno tiene capacidades y herramientas que no sabe que posee. Fuera de la burbuja, te das cuenta de lo que tienes y de cómo puedes usarlo para generar los cambios que nuestra sociedad necesita”, reflexiona.
Hoy, de regreso, Carolina enfrenta su trabajo con nuevas convicciones. Una de sus prioridades es avanzar hacia un modelo de financiamiento más estable, articulando sector público, sociedad civil y empresas privadas. La dependencia de fondos concursables, explica, hace que los programas culturales sean frágiles: se puede ganar o perder un concurso, y eso no permite sostener el impacto en el tiempo.
También proyecta la construcción de un centro cultural en La Serena, un proyecto ambicioso que ya cuenta con un arquitecto trabajando en los anteproyectos. Y a nivel personal, busca que su formación y experiencia se traduzcan en un aporte concreto para que el arte deje de ser un privilegio geográfico. “Cuando uno crece, hace crecer a otros. Y eso es lo más importante. Yo no quiero volver atrás. Lo que busco es que lleguemos a una sociedad donde el arte sea parte del desarrollo integral de cada persona, sin importar dónde nació”, cierra Carolina.
