Por primera vez se reunieron siete de las organizaciones que hoy trabajan o están por comenzar a trabajar en Renca en el marco del Fondo
Programas Territoriales y el sistema local de niñez. Algunas llevan más de un año en el territorio; otras recién comenzaron hace unas semanas. Lo que emergió del encuentro no fue una simple ronda de presentaciones, sino un conjunto de aprendizajes compartidos que apunta en una misma dirección: dejar de pensar cada programa por separado para empezar a pensarlos como parte de un mismo sistema.
Ese cruce de miradas ocurre, además, en un momento preciso: la Ley de Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia (Ley 21.430) reconoce explícitamente a las organizaciones de la sociedad civil como co-garantes de derechos —no solo ejecutoras de programas—, con voz en el diseño, la implementación y la evaluación del sistema. Es ese rol el que estas organizaciones están poniendo en práctica en Renca.
Participaron organizaciones con distintos tiempos de trabajo en el territorio: Alma, Recrea e Infancia Primero llevan más de un año implementando sus programas en la comuna, mientras que Acompañando Pasos y Nubelab se sumaron más recientemente, y Valientes y Ciudad del Niño recién comienzan su trabajo en Renca. Esa mezcla de experiencia y renovación fue justamente parte de lo que le dio valor al encuentro.
Los aprendizajes que dejó la jornada
Uno de los aprendizajes más repetidos fue que las familias no se acercan a un programa solo porque exista: importa también el lugar donde funciona. Se habló, por ejemplo, de salas sin ventanas o de canchas mal iluminadas, y de lo difícil que es sostener la participación de niñas, niños y sus familias cuando el espacio físico no acompaña. A eso se sumó un problema muy concreto: cuando no queda claro a quién está dirigido cada programa, se destinan muchas horas a entrevistar a familias que finalmente no cumplen los requisitos para participar.
Esa idea —que un buen programa no basta si no está bien anclado a la realidad del territorio— apareció una y otra vez, con matices distintos según el tema. Bernardita Merino, Directora Social de Fundación Acompañando Pasos, lo planteó pensando en cómo se coordinan las organizaciones con el municipio y la comuna: «Tener una articulación previa, tanto en el diagnóstico de las necesidades del territorio como en la implementación con el sistema local de la niñez, para que la colaboración sea efectivamente coordinada.» Para ella, esto significa conversar con las personas correctas desde el principio —los equipos directivos si el programa funciona en una escuela, la junta de vecinos si funciona en un barrio— y hacerlo con tiempo: si un programa depende del calendario escolar, ya en septiembre hay que estar conversando con los actores clave para poder incidir en lo que pasará el año siguiente.
Carla Ljubetic, Directora Ejecutiva de Fundación Nubelab, encontró una versión parecida de ese mismo problema, pero aplicada a cómo se miden los resultados de un programa. Los instrumentos que sirven para comprobar si algo funciona suelen ser estandarizados —los mismos para todos, en cualquier lugar—, pero eso tiene un costo: «A la hora de aplicarlos en los territorios, esa estandarización hace que los instrumentos pierdan adecuación» y dejen de reflejar lo que realmente está pasando con los niños y niñas de cada barrio. Su propuesta va en la misma línea que la de Bernardita: ser honestas entre las organizaciones sobre lo que realmente se puede saber y en qué plazos, en sus palabras, «poner sobre la mesa cuál es la realidad de lo que podemos levantar, en los tiempos que tenemos y con la calidad de intervención que estamos aplicando», en lugar de prometer certezas que después no se pueden cumplir.
Y Valeria Pinto, Directora de Prevención de Fundación Ciudad del Niño, llevó esa misma preocupación un paso más allá: no basta con que un programa funcione bien mientras dura el financiamiento; lo importante es que deje algo instalado en la comuna. Habló de coordinar entre programas para que un niño o niña que necesita más apoyo pueda ser derivado de uno a otro, y de formar profesionales que se queden trabajando en Renca más allá de un proyecto específico. Fue enfática en ese compromiso: «Tenemos el compromiso de poder sostener esa capacidad en el tiempo, más allá de un fondo particular.»
Tres formas distintas de decir algo parecido: que la coordinación, la medición y la sostenibilidad de un programa no se resuelven en el papel, sino en el contacto constante con el territorio y con las personas que lo habitan.
El encuentro cerró con una reflexión abierta a partir de una sola pregunta: ¿Cómo agregan valor estos programas al sistema local de niñez? Lo que dejó la jornada sugiere que la respuesta se construye en los detalles: en la claridad de a quién convocar y cómo, en la coordinación anticipada con los actores del territorio, en la honestidad sobre lo que se puede medir, y en la apuesta por dejar capacidades instaladas que duren más que el financiamiento de un ciclo.
La importancia de un espacio como este
Reunir en un mismo lugar a organizaciones con distintos grados de experiencia permitió algo que no suele darse en el trabajo cotidiano de
cada programa: comparar desafíos que, vistos por separado, parecen específicos de cada iniciativa, pero que en conjunto revelan patrones comunes a todo el Fondo. Las organizaciones más nuevas pudieron anticipar problemas que otras ya enfrentaron; las que llevan más tiempo encontraron, en las preguntas de quienes recién comienzan, una oportunidad para revisar sus propias prácticas. Ese ejercicio de aprender entre pares es, en sí mismo, una forma concreta de avanzar hacia un sistema local de niñez más articulado, y no solo una suma de programas que operan en paralelo. Son esos aprendizajes —más que el encuentro mismo— los que están transformando a programas independientes en un mismo sistema que Renca empieza a pensar en conjunto.


