Cuando educamos en derechos humanos, derribando los discursos de odio y humanizando las historias, podemos lograr grandes cambios
Derechos Humanos
Rodrigo Bustos
Si bien nació y creció en Italia, Rodrigo Bustos dice que nunca fue ajeno a lo que ocurría en Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet. Sus padres, dirigentes políticos cuando ocurrió el golpe de Estado, fueron exiliados durante toda la década de los 80, tiempo en que Rodrigo participó de conversaciones políticas que se tenían en casa. Pero fue una vez acabada la dictadura, cuando regresó a Chile junto a su familia, que tomó conciencia de lo que realmente había pasado mientras estaba fuera.
Su infancia y adolescencia estuvo marcada por sucesos que forjaron su identidad y lo impulsaron, inevitablemente, a querer hacer un país más justo y a proteger los derechos humanos. Es abogado de la Universidad de Chile, lugar donde fue dirigente estudiantil y alcanzó la presidencia de la FECH en 2002. Durante casi diez años fue jefe de la Unidad Protección de Derechos, Legislación y Justicia en el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) y actualmente es el director ejecutivo de Amnistía Internacional en Chile.
Su historia de vida lo motivó a recorrer, hace un par de meses, las ciudades de Roma, Nápoles y casi toda la región de Apulia en Italia, gracias a una pasantía en la que trabajó con más de 15 organizaciones dedicadas a los derechos de las y los migrantes. Esta experiencia fue parte del programa de formación que le permitió ser parte de la Comunidad de Liderazgo Colunga, en su segunda generación.
¿Qué ha significado para ti esta experiencia?
Ya hace más de 20 años que he estado en distintos roles de liderazgo y nunca me había tocado estar en un espacio así, donde reconocieran mi rol como líder y me dieran herramientas para aprovecharlo aún más. Es un programa, a mi juicio, muy bien construido, riguroso, detallista y con objetivos muy claros. Conocí a otros líderes y en conjunto se ha construído una dinámica muy bonita de equipo. También tuve coaching individual y fue muy útil, sobre todo en el aspecto profesional y personal. Después vino la pasantía que autogestioné y resultó súper enriquecedora. Entonces, ante tu pregunta, creo que todavía no tengo del todo claro el impacto que va a terminar teniendo, pero sin lugar a dudas creo que me ayudará mucho a potenciarme y potenciar el trabajo que hago.
¿Cómo llegaste a esta pasantía y cuáles eran tus expectativas?
Siempre tuve el bichito de hacerla. Tanto en Amnistía Internacional en Chile como a nivel global, trabajamos en la defensa de los derechos de las personas migrantes refugiadas, algo que hoy, con Trump (en la presidencia de Estados Unidos), en Europa o en Chile, se piensa siempre mucho en cómo restringir sus derechos. Entonces me está tocando mucho trabajar eso y dije, “¿dónde puedo aprender más sobre la estrategia que han tenido las organizaciones de derechos humanos respecto de estas políticas y sus narrativas?”. Y bueno, conozco mucho la realidad italiana porque crecí ahí. En Italia desde los 90 vivieron varias de las cosas que estamos enfrentando ahora en Chile, como por ejemplo la creación de internación de migrantes en el 98. Entonces, Italia era perfecto.
¿Qué es lo que más valoras de esta experiencia?
Muchas cosas. Lo que más rescato es que fue muy intensa, en tres ciudades distintas y pude conocer la experiencia de distintos lugares, de instituciones del Estado y de la sociedad civil. Estuve con un parlamentario en el Congreso, con académicos y personas migrantes, que vienen trabajando estos temas hace 30 años. También pude estar arriba del principal barco en Italia que va a rescatar a personas migrantes, que vienen en botes muy precarios por el Mediterráneo. Entonces conocí muchas experiencias. De hecho, aunque no me pidieron hacer un informe extenso, lo estoy haciendo igualmente porque estoy sistematizando toda la valiosa información que recogí y que puede servir en mi trabajo, en Colunga y a otras organizaciones que trabajan aquí los temas migrantes.
¿Algo puntual que replicarías en Chile?
Pongo solo un ejemplo. Los dos días y medio que estuve en Nápoles, el barco Mediterráneo que se llama también Arellano, es un barco que ha salvado a más de 3000 personas en los últimos diez años. Lo abrieron por una semana para que la ciudadanía pudiera subir y conocer el trabajo que hacen. Entonces, en este contexto, cuando educamos en derechos humanos de esa manera, derribando los discursos de odio y humanizando sus historias, podemos lograr grandes cambios. Esto es algo que me traigo y que voy a tratar de implementar.
En ese sentido, ¿cuál es tu visión de Chile hoy y dónde crees que están los principales problemas?
La promoción de los derechos humanos está bajo amenaza. Hay una narrativa a nivel global donde, en diversos países, hay sectores políticos que están impulsando relatos muy antiderechos humanos o de derechos de algunos grupos y no son solo narrativas, también se han traducido en que algunos de estos sectores políticos lleguen al poder e impulsen políticas públicas y prácticas en contra de estos grupos y del marco derechos humanos. Esto también está ocurriendo en Chile. Estamos en un contexto donde, sobre todo muy fuertemente en los últimos cinco años, ha habido un retroceso muy importante respecto de entender que los derechos humanos son un piso mínimo que tenemos que buscar y asegurar a todas las personas, pero hoy día hay muchos cuestionamientos de los derechos de las personas migrantes y ciertos retrocesos en los derechos de la mujer y disidencias sexuales, al menos en narrativas.
¿Hay algún recuerdo específico de tu historia que te hizo querer trabajar por los derechos humanos?
Más que un recuerdo específico, me acuerdo de cuando llegué a Chile en el 91. Fue como una inmersión muy intensa en todo lo que había pasado en el país y lo que había vivido mi familia. A mi casa llegaba gente que había estado presa con mi familia o que eran familiares de personas desaparecidas, yo tenía 13 años. En mi casa había conversaciones muy rudas e intensas sobre este tipo de cosas. Acompañé a mi papá a ver presos políticos. A la vez, poco después de que llegué, el expresidente Aylwin dio a conocer el resultado del informe Rettig sobre ejecutados políticos en la tele, llorando, pidiendo perdón. Veía que Pinochet estaba como Comandante en jefe y decía barbaridades. Entonces llegué a un Chile que estaba viviendo todavía una situación compleja, donde veía mucha injusticia y sí, todo eso me motivó estudiar derecho y derechos humanos en particular.
¿Cuándo empezaste a sentir que eras un líder?
Empecé a tener algún rol de liderazgo cuando era estudiante universitario. Siempre tuve el bichito de la política y mis compañeros vieron algo en mí. Me propusieron, votaron y fui vicepresidente del Centro de Alumnos de Derecho y luego presidente de la FECH en 2002. Eran otro tipo de luchas, pero siempre hubo una conexión con los derechos humanos, especialmente por la defensa al derecho a la educación de todos y todas las estudiantes, que en ese tiempo se veía mucho más vulnerado. Desde entonces he podido liderar diferentes grupos en diferentes instancias, estatales y de la sociedad civil.
Ser parte de esta Red de Impacto que está generando Colunga ha significado formar una comunidad. ¿Qué acciones crees que podrían hacer en conjunto?
No creo que pasemos a ser una gran organización con una estructura, directiva, ni mucho menos, pero nos hemos conectado y trabajado en conjunto, y creo que pueden surgir iniciativas de articulación importantes. En mi caso tengo un paraguas grande de derechos humanos. Hay otros que trabajan en temas de niñez, otro que trabaja en temas de personas con discapacidad. En general, de distintas formas me puedo vincular con varias de las agendas de esas organizaciones, y aunque no tengo claro el cómo, sé que de distintas formas, vamos a tener iniciativas de articulación que sean potentes en la sociedad chilena actual.
Has trabajado en el Estado y en la sociedad civil. ¿Cómo crees que deben apoyarse para resolver de la mejor manera los problemas en los que trabajas?
Sí, incluso estando en el Estado, siempre tuve una patita en la sociedad civil. Considero que la sociedad civil tiene un rol central en cómo se realiza política pública, por eso es muy importante que, desde aquí, pensemos en cómo incidir, no solo plantear cuestionamiento a los gobiernos, sino ser propositivos. En ese sentido, es necesario trabajar juntos y que el Estado aproveche los conocimientos de la sociedad civil.
Entendiendo que Chile y el mundo atraviesan por una policrisis, ¿cómo crees que la sociedad civil puede aportar al bienestar de la niñez?
En los discursos públicos de autoridades se habla mucho de las niñas y niños primero, pero eso muchas veces no se traduce en políticas públicas. No se considera adecuadamente el interés superior de la niñez. Creo que lo que la sociedad civil puede hacer es fundamental. Conectando también la situación de la niñez con lo que sucede con distintos grupos marginalizados en derechos humanos, las niñas y niños muchas veces son discriminados en la sociedad solo por ser niña y niño, pero si, además, son migrantes, pueden ver restringido sus derechos por ambos elementos. O si son niñas y niñas además pertenecientes a una disidencia sexual, pueden ver también más restringidos sus derechos por la combinación de sus distintos elementos. Entonces, creo que es fundamental que una organización como Fundación Colunga y otras que trabajan en la niñez tengan siempre en mente esa interseccionalidad al momento de hoy día defender los derechos de la niñez.
“Las niñas y niños muchas veces son discriminados en la sociedad solo por ser niña y niño, pero si, además, son migrantes, pueden ver restringido sus derechos por ambos elementos”.