En un coro, lo individual se pone al servicio de un colectivo. La música puede cambiar la forma en que nos relacionamos como personas y sociedad
Nicolás Vásquez
Lírica Disidente
Nicolás Vásquez llevaba casi trece años formándose como cantante lírico cuando por fin consiguió lo que parecía el comienzo de todo: un contrato en el Teatro de la Ópera de Bremen, en Alemania. Se fue con su esposo Ariel, desarmaron su casa en Chile, apostaron todo. Un mes y medio después llegó la pandemia. El teatro cerró, los ensayos se cancelaron, y Vásquez se encontró encerrado en un departamento-sótano en una ciudad donde apenas hablaba el idioma, soñando cada noche con que descubrieran una vacuna y abrieran el telón. “Fue el sueño truncado totalmente”, dice. Pero fue también, sin saberlo, el punto donde empezó otra cosa.
Vásquez conocía de memoria una cifra que lo perseguía: en Chile, el 87% de la población declaraba no haber ido nunca a la ópera. El único espacio que la producía era el Teatro Municipal, con un público promedio de setenta años y sin estrategia para renovarlo. La pregunta no era solo cómo sobrevivir a la pandemia, sino algo más de fondo: ¿qué iba a pasar con la ópera en Chile cuando ese público desapareciera? ¿Tenía sentido un arte europeo de cuatro siglos en un país latinoamericano? Y sobre todo: ¿cómo hacer que niños, niñas y jóvenes —que jamás habían pisado un teatro lírico— pudieran descubrir que esas historias de amor, poder e injusticia escritas por Verdi o Mozart hablaban también de ellos? Vásquez sabía que si la ópera no encontraba un camino hacia las nuevas generaciones, simplemente iba a morir. Y en ese sótano de Bremen, con más rabia que recursos, empezó a darle forma concreta a Lírica Disidente.
La organización había nacido en 2018 de una frase tan simple como urgente: “¿Y si armamos algo para poder cantar?”. El nombre no fue casual: disidente porque se proponía disentir de la forma tradicional de hacer ópera —cerrada, elitista, sin vínculo con los territorios ni con los públicos nuevos—. Al principio era Vásquez y un puñado de colegas artistas que compartían la misma frustración. No había financiamiento ni estructura: solo la convicción de que se podía hacer ópera de otra manera. “No es porque hayamos inventado el hilo negro, sino porque abrimos un espacio que era muy necesario, muy esperado por toda la comunidad ligada a la ópera”, cuenta. La gente empezó a llegar atraída por esa energía, y el equipo creció hasta las doce personas que hoy sostienen el proyecto, la mayoría de forma voluntaria. Pero fue en la pandemia —encerrado en Alemania, con el sueño de Bremen roto— donde Vásquez tradujo la intuición en un modelo concreto: lanzó podcasts, tejió redes con cantantes líricos chilenos dispersos por el mundo y bajó a papel los propósitos, los públicos y las preguntas que iban a guiar todo lo que vino después: ¿Cómo hacer que la gente se reconozca en una ópera? ¿Cómo convertir el canto colectivo en una experiencia de pertenencia para jóvenes que nunca han tenido acceso a la formación artística?
Pero Vásquez no pensaba en la ópera solo como experiencia estética. Lo que lo movilizaba era una intuición más profunda: en un coro, lo individual se pone al servicio de un colectivo, y ese colectivo solo funciona si cada aporte personal es valorado. Para él, eso era un modelo de sociedad en miniatura. “Si tuviésemos el correcto respaldo, se puede transformar el país, se puede cambiar la forma en que nos relacionamos como personas y sociedad”, dice. Vásquez estaba convencido de que la música lírica podía ser una herramienta de transformación social: no porque le ponga un techo a un niño ni un plato de comida en la mesa, sino porque genera arraigo, identidad y la experiencia —cada vez más escasa— de sentirse parte de algo que importa. En una sociedad donde las industrias creativas representan el 2,2% del PIB pero reciben apenas el 0,4% del presupuesto nacional, esa convicción era también una apuesta política.
El camino de Vásquez hacia la ópera fue todo menos lineal y venía desde niño. En segundo medio se metió a la orquesta del colegio buscando un espacio donde encajar —era el alumno que salía a leer en los recreos o a conversar con la directora, “un viejo chico”, como él mismo se describe—. Se enamoró del sonido de la flauta traversa, entró al Instituto de Estudios Secundarios de la Universidad de Chile —escuela enfocada en la educación artística— y poco después descubrió la lírica: la fusión de música, literatura y poesía lo cautivó. Pero en lugar de seguir la ruta institucional, armó su propio recorrido: viajó a Barcelona y Alemania a formarse, acumuló experiencias y frustraciones, y fue identificando todo lo que faltaba en Chile para que un artista lírico pudiera desarrollarse.
De vuelta en Chile tras nueve meses en Bremen, Vásquez y su equipo montaron la primera ópera con público después de la pandemia. Se llenó. Llegó el primer Fondart, el Encuentro Nacional de Ópera Independiente, los coros de escuela en cinco regiones. La rueda empezó a girar y no se ha detenido: en 2025, se realizaron 21 producciones de ópera independiente fuera del Teatro Municipal, un hito sin precedentes. La cifra de chilenos que nunca había ido a la ópera bajó del 87% al 78%. Pero el crecimiento trajo también sus tensiones: un equipo de doce personas trabajando en su mayoría de forma voluntaria, la presión por encontrar un modelo de financiamiento sostenible y una carga emocional que Vásquez no lograba gestionar. “Llegaba a la casa y no podía separar la vida personal del proyecto”, reconoce.
En ese momento de bisagra llegó la invitación a participar en el programa de liderazgo de Colunga. Para Vásquez marcó un antes y un después: encontrarse con líderes de la sociedad civil que trabajaban en vivienda, educación o urbanismo lo obligó a repensar el lugar del arte. “Me cuestioné si hacer ópera realmente importaba cuando hay gente sin techo ni comida. Pero entendí que la cultura abre puertas para un desarrollo emocional y social que ningún otro agente puede dar”. La pasantía en España y el acompañamiento de coaching que son parte del programa, dice, le dieron herramientas concretas para ordenar su liderazgo y proyectar la organización a largo plazo.
Hoy, Lírica Disidente trabaja en su transformación hacia un modelo sostenible, con la meta de constituir para 2030 el primer centro cultural para la ópera y el arte docta en Latinoamérica. Pero lo que mejor ilustra su impacto son las historias pequeñas: los jóvenes de los coros de escuela que pedían que no les quitaran ese espacio porque era el primer lugar donde se sintieron parte de algo; o la producción Una ópera mágica en Chile —adaptación de Bastián y Bastiana, una de las primeras óperas de Mozart, que escribió en 1768 cuando sólo tenía doce años— y que Lírica Disidente planea ambientarla en Chiloé, donde un personaje de la mitología chilota detiene la acción para dialogar con los niños sobre responsabilidad afectiva y cuidado del medio ambiente. “La cultura es el agente movilizador de creatividad, reconocimiento e identidad que siempre va a hacer falta, incluso cuando hayamos resuelto todo lo demás”, dice Vásquez. “Si está ausente, el desarrollo de los niños y las niñas siempre va a estar incompleto”.
“Los coros de escuela impactaron en el desarrollo de las relaciones personales y la salud mental de los jóvenes. Muchos encontraron por primera vez un lugar para desarrollar su identidad y sentirse valiosos para una comunidad”.